La reflexión plantea la necesidad de reevaluar el papel de las universidades y sus académicos. Más allá de la producción de conocimiento, se cuestiona si se está midiendo su capacidad para *prevenir* problemas y desastres. Se argumenta que los académicos tienen el deber de advertir a la sociedad sobre posibles calamidades, especialmente cuando aún hay tiempo para corregir errores. Esta responsabilidad implica una mirada crítica hacia el impacto del conocimiento generado y una disposición a comunicar riesgos potenciales. La pregunta central es si la academia está verdaderamente preparada para asumir este rol proactivo en la protección del bienestar social. La evaluación del éxito universitario debería incluir, por tanto, lo que el conocimiento evita, no solo lo que produce.

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