Frederik Enevoldsen critica la defensa de la lobbyismo como necesidad democrática, argumentando que puede socavar la accesibilidad del sistema político. Enevoldsen señala que la práctica del lobby tiende a favorecer a los grupos con mayores recursos económicos, amplificando su influencia sobre los políticos. Considera que la necesidad de contratar a un lobbyista costoso para ser escuchado por los representantes electos distorsiona el proceso democrático. Su argumento responde a declaraciones previas de Emily Olander Christiansen, quien defendía el lobbyismo como un elemento necesario para el funcionamiento de la democracia. Enevoldsen sugiere que esta práctica puede crear una desigualdad en la representación de intereses. En esencia, el debate se centra en si el lobbyismo fortalece o debilita la igualdad de acceso a la toma de decisiones políticas.
