El texto plantea una crítica a la distribución de los créditos académicos en la formación profesional. Se argumenta que el enfoque excesivo en la teoría de carteras desplaza el aprendizaje práctico. Según el autor, cada unidad de estudio dedicada a la teoría representa una pérdida de oportunidad para desarrollar habilidades constructivas. Esta disparidad sugiere que "seguir la clase" no es equivalente a adquirir la capacidad de crear algo tangible. El análisis advierte sobre la falta de equilibrio entre el conocimiento conceptual y la aplicación técnica. En última instancia, se aboga por una educación que priorice la ejecución real sobre el estudio teórico.
