El texto analiza la tendencia creciente de los estudiantes universitarios de recurrir a la inteligencia artificial para desahogarse emocionalmente. Esta preferencia surge como respuesta a la falta de espacios seguros y la tendencia de la sociedad a juzgar los problemas de salud mental. A menudo, las respuestas humanas se limitan a consejos superficiales o críticas basadas en la fe y la moralidad. Ante el miedo al estigma y la incomprensión, la IA se presenta como una alternativa neutral y disponible las 24 horas. El fenómeno pone de relieve la crisis de empatía y la precariedad de los sistemas de apoyo psicológico en el entorno académico. En última instancia, se cuestiona la capacidad de los seres humanos para escuchar sin prejuicios en la actualidad.
