La preocupación por la vigilancia ya no se centra en ser observados, sino en la creciente tendencia a adquirir los propios dispositivos de vigilancia. Los ciudadanos de Estados Unidos y en todo el mundo están comprando activamente cámaras, micrófonos y otros aparatos tecnológicos que antes eran herramientas de observadores externos. Este cambio representa una transformación en la dinámica del poder y la privacidad. Anteriormente, la vigilancia era una imposición; ahora, se está convirtiendo en una opción de consumo. Esta nueva realidad plantea preguntas importantes sobre el futuro de la privacidad y el impacto de la tecnología en la sociedad. El fenómeno sugiere una aceptación, e incluso un deseo, de mayor vigilancia en la vida cotidiana. La implicación es que estamos pagando por la constante monitorización, lo cual redefine la relación entre los individuos y la tecnología.