Una trabajadora humanitaria eslovaca que reside en Kiev describe la dificultad de adaptarse a la vida en su país de origen. A pesar de estar físicamente a salvo en Eslovaquia, experimenta una persistente ansiedad relacionada con las alertas aéreas, revisando constantemente su teléfono incluso cuando no son necesarias. Esta reacción refleja el trauma psicológico profundo causado por la guerra. La autora reflexiona sobre la dificultad de "apagar la guerra" en su propia mente, incluso tras regresar a un lugar seguro. La experiencia ilustra el impacto duradero del conflicto en la salud mental de quienes lo viven, incluso después de la huida. La simple cotidianidad, como llenar el tanque de combustible, se ve teñida por el miedo y la necesidad de vigilancia constante. Su historia pone de relieve la necesidad de apoyo psicológico para los afectados por la guerra.

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