Pakistán emergió como un actor clave en las recientes negociaciones que llevaron a un cese de hostilidades entre Estados Unidos e Irán, recibiendo reconocimiento internacional por su papel de mediador. Sin embargo, el acuerdo alcanzado es un marco temporal de 60 días para negociaciones más profundas, no un tratado de paz definitivo. Puntos críticos como el levantamiento de sanciones, las restricciones nucleares y la seguridad regional aún deben resolverse. La fragilidad del acuerdo quedó demostrada por desacuerdos sobre Líbano que casi descarrilan el proceso, requiriendo la intervención de Qatar. La motivación de Pakistán para involucrarse radicó en la protección de su propia seguridad y estabilidad económica, dada su extensa frontera con Irán y su dependencia de los suministros energéticos del Golfo. El gobierno de Shehbaz ahora enfrenta el desafío de transformar esta visibilidad diplomática en beneficios estratégicos concretos y duraderos.