Corea del Norte, históricamente asociada a la privación, está experimentando un cambio hacia el consumo y el lujo. El gobierno de Kim Jong Un está activamente promoviendo el gasto de los ciudadanos, aunque este flujo de riqueza se canaliza a través de medios controlados por el Estado. Esta estrategia busca, en parte, sofocar los mercados informales que operan fuera del control estatal. Al mismo tiempo, se pretende complacer a una clase media cada vez más inquieta. Este enfoque combina una apariencia de mejora en la calidad de vida con un férreo control económico. La medida representa una evolución en la manera en que el régimen aborda las necesidades y aspiraciones de su población, manteniendo, sin embargo, su autoridad sobre la economía. La situación plantea interrogantes sobre la sostenibilidad y las motivaciones detrás de esta nueva política.