Una investigadora advierte que Microsoft actúa menos como una empresa con posición dominante y más como un estado con un poder económico considerable, superando incluso a muchos países. Salling argumenta que la influencia de Microsoft no debe determinar el futuro digital. La compañía, según la autora, busca crear una dependencia en los usuarios. Su comportamiento plantea interrogantes sobre el control y la soberanía en el ámbito digital. La crítica se centra en la capacidad de Microsoft para moldear la tecnología y, por ende, la forma en que interactuamos con el mundo digital. Es crucial, según Salling, cuestionar esta dinámica para asegurar un futuro digital diverso e independiente.