Contrariamente a la creencia popular, el desorden no es una característica fija de la personalidad. Investigaciones recientes sugieren que es posible modificar los hábitos y el entorno para fomentar la organización. Pequeños cambios en el ambiente, la implementación de rutinas concretas y la repetición constante de hábitos positivos pueden contribuir a que una persona desordenada se vuelva más ordenada con el tiempo. Este enfoque se centra en la maleabilidad del comportamiento en lugar de atribuir el desorden a rasgos de personalidad inmutables. La clave reside en la constancia y en la creación de un sistema que facilite el mantenimiento del orden. En definitiva, la esperanza existe para aquellos que buscan transformar sus espacios y hábitos.