Tras años de matrimonio – cinco, diez, veinte o incluso treinta – muchas parejas mantienen una vida en común, con hijos y compartiendo alegrías y tristezas. Aparentemente, proyectan una imagen de estabilidad y armonía. Sin embargo, en la intimidad, la comunicación disminuye, la espontaneidad se pierde y pequeñas irritaciones se acumulan. A pesar de no desear la separación, la cercanía emocional se diluye con el tiempo. Este fenómeno, denominado “fatiga conyugal”, no implica grandes conflictos ni infidelidades. Se trata de un desgaste gradual, una pérdida de conexión que se manifiesta en la rutina y la falta de vitalidad en la relación. La ausencia de grandes dramas no disminuye el impacto de esta situación en el bienestar de la pareja.
