Durante la última década, Occidente ha priorizado reducir su dependencia económica de China, considerándolo un objetivo estratégico. Los planes económicos actuales se centran en la resiliencia de las cadenas de suministro, la soberanía industrial y la seguridad nacional. La pandemia de Covid-19 expuso las vulnerabilidades de las redes globales de suministro, impulsando esta tendencia. Las tensiones geopolíticas, las restricciones a la exportación y la competencia tecnológica han fortalecido el apoyo político a la relocalización de la producción y el "friendshoring". Este movimiento busca diversificar las fuentes de producción y reducir el riesgo. Sin embargo, la completa desvinculación económica parece improbable debido a la profunda integración de las economías occidentales y chinas. El debate se centra ahora en cómo gestionar esta interdependencia de manera más segura y estratégica.