La guerra en Ucrania y Rusia está entrando en una fase de desgaste asimétrico, caracterizada por ataques intensificados contra infraestructuras críticas de ambos bandos. Tanto Kiev como Moscú buscan debilitar las economías y la moral del adversario mediante estos ataques. Sin embargo, Ucrania está sufriendo las consecuencias de manera desproporcionada. El país carece de misiles balísticos propios y enfrenta dificultades crecientes para interceptar los proyectiles rusos dirigidos a su territorio. Esta asimetría en las capacidades militares agrava la situación para Ucrania, convirtiendo la defensa de su infraestructura en un desafío cada vez mayor. La intensificación de los ataques señala una estrategia de largo plazo centrada en la erosión de las capacidades del enemigo, aunque a un costo significativo para ambos lados.