Investigaciones recientes sugieren la posibilidad de que los traumas puedan transmitirse genéticamente a las generaciones futuras. Un experto señala que las experiencias traumáticas no desaparecen completamente con el individuo que las vive, sino que persisten y pueden afectar a sus descendientes. Este fenómeno, aún en estudio, implicaría que el impacto de un trauma podría extenderse más allá de la vida de la persona que lo sufrió. La investigación explora cómo el estrés postraumático severo podría alterar la expresión genética, modificando la forma en que los genes se activan o desactivan. Estas modificaciones, conocidas como cambios epigenéticos, podrían ser heredadas. Si bien la ciencia aún no comprende completamente los mecanismos involucrados, los hallazgos abren nuevas vías para entender la salud mental y la predisposición a ciertos trastornos. El estudio plantea interrogantes sobre la responsabilidad intergeneracional y la necesidad de abordar el trauma de manera integral.