El resurgimiento del terrorismo internacional, exacerbado por el conflicto en el Medio Oriente, no es sorprendente considerando las dinámicas recientes. La experiencia de las últimas tres décadas demuestra que el terrorismo prospera en entornos donde los estados son débiles y las instituciones pierden el control territorial y fronterizo. Países como Afganistán, Irak, Siria, Libia, Somalia y la región del Sahel ejemplifican esta tendencia, donde economías informales, redes de contrabando y grupos armados suplen la autoridad pública. Esta situación representa una amenaza creciente para la estabilidad global. La fragilidad estatal crea un caldo de cultivo para el extremismo y la violencia. Se espera que la inestabilidad en estas regiones tenga un impacto significativo en la economía global. La necesidad de fortalecer las instituciones y abordar las causas profundas de la debilidad estatal es crucial para mitigar este riesgo.