El filósofo canadiense Aaron James Wendland se trasladó recientemente a Tallin con la expectativa de encontrar una vivienda con identidad estoniana auténtica. Sin embargo, se encontró con interiores estandarizados al estilo de IKEA y muebles de la era soviética abandonados. Esta situación ha puesto de relieve un intenso debate local sobre la posibilidad de separar la belleza estética del dolor político asociado al pasado. Wendland buscaba escapar de la monotonía de los apartamentos modernos de su ciudad natal, Toronto. No obstante, la realidad habitacional de Tallin presenta una tensión entre la modernidad y los vestigios del régimen anterior. El autor reflexiona sobre el valor de preservar ciertos elementos visuales frente al deseo de borrarlos. Así, la búsqueda de un hogar único se convierte en un análisis sobre la memoria histórica y el diseño.