Investigaciones científicas sugieren que la creencia en la suerte puede alterar la estructura cerebral, permitiendo identificar nuevas oportunidades. Llevar un registro de las coincidencias afortunadas incrementa la percepción de que la suerte es un fenómeno más común de lo que se piensa. Las personas que se consideran desafortunadas tienden a experimentar mayor ansiedad, lo que limita su visión del mundo. Por el contrario, quienes se creen afortunados suelen ser más optimistas y propensos a interactuar abiertamente con su entorno. Crear la propia suerte no es cuestión de azar, sino de tomar decisiones conscientes y aumentar la frecuencia de los intentos. El cerebro puede ser entrenado para notar y aprovechar momentos de serendipia, cambiando así la percepción de la fortuna personal. Este enfoque se basa en la neuroplasticidad y la psicología positiva.