La reciente campaña presidencial se caracterizó por una dinámica inusual, donde la segunda vuelta eclipsó la primera en importancia. En lugar de buscar el voto moderado, los candidatos se enfocaron en consolidar su base de apoyo, movilizar a sus seguidores y generar temor en el electorado contrario. La estrategia se centró en maximizar la lealtad existente, más que en conquistar nuevos votantes del centro político. Esta polarización marcó un cambio significativo en la forma de hacer campaña en el país. La ausencia de una disputa por el voto central permitió que la movilización y la fidelización se convirtieran en los ejes principales de la contienda. Analistas señalan que esta campaña representa una nueva era en la política electoral, donde la polarización podría ser la norma.
