En 1867, Nueva Zelanda importó cuarenta gorriones domésticos con la esperanza de controlar las plagas agrícolas. Inicialmente, la medida parecía prometedora, pero las aves se reprodujeron rápidamente, superando las expectativas. Los gorriones pronto se convirtieron en una amenaza para los cultivos, alimentándose de granos y frutas, y causando daños significativos en trigo, cebada y maíz. Ante este problema, se implementaron métodos de control como el envenenamiento de granos, la caza y la recompensa por huevos y cabezas de pájaro. Este incidente formó parte de un esfuerzo más amplio por introducir aves europeas, motivado tanto por razones agrícolas como sentimentales. La situación demostró que la introducción de especies no autóctonas puede tener consecuencias imprevistas y perjudiciales para el equilibrio ecológico.