La semana pasada, una masacre en un monasterio de la región de Sagaing, Myanmar, dejó un saldo trágico de meditadores asesinados. El ataque, perpetrado por la junta militar, se suma a una serie de agresiones contra la comunidad budista en el país. Irónicamente, el régimen que se perpetra estos actos se autoproclama defensor de la religión budista. Este incidente en el municipio de Myaung expone la creciente brutalidad y falta de escrúpulos de la junta, que reprime violentamente cualquier forma de oposición. La comunidad internacional condena enérgicamente estos hechos, calificándolos como una grave violación de los derechos humanos. El ataque al monasterio subraya la crisis humanitaria y política que enfrenta Myanmar desde el golpe de estado militar.

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