La fragilidad es un síndrome geriátrico que se distingue del envejecimiento normal por una disminución de la reserva fisiológica, aumentando la vulnerabilidad a diversos estresores. Su diagnóstico implica evaluar factores como la pérdida de peso involuntaria, la fatiga, la debilidad, la lentitud y la baja actividad física. A diferencia del envejecimiento natural, la fragilidad se caracteriza por un declive acelerado en la funcionalidad y un mayor riesgo de complicaciones como caídas, hospitalizaciones y mortalidad. Identificarla tempranamente es crucial para implementar intervenciones que incluyan ejercicio físico, nutrición adecuada y manejo de enfermedades crónicas. Si bien es común en personas mayores, no es una consecuencia inevitable del envejecimiento y existen estrategias para mitigar su impacto. La detección y el abordaje integral de la fragilidad buscan mejorar la calidad de vida y mantener la independencia de los individuos.