Ingrid Lukas, cantante y compositora estonia-suiza, reflexiona sobre la influencia de su infancia en el Camino Báltico y su posterior álbum, gestado durante 25 años. A los cinco años, experimentó el poder unificador de las voces colectivas en la manifestación por la independencia. Tras mudarse a Suiza, la música se convirtió en un espacio de pertenencia ante la soledad y la pérdida de su propia voz. Su trabajo explora la tradición del *regilaul* estonio, enfatizando el poder emocional del sonido por encima de la letra. Lukas considera la música como un hogar y una forma de conectar con sus raíces y su identidad. El sonido, según ella, revela una verdad más profunda que las palabras. Su historia es un testimonio del poder de la música como refugio y herramienta de conexión cultural.

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