Los abusos contra empleadas domésticas son perpetrados a menudo por personas cercanas a sus empleadores, incluyendo individuos educados y de alto estatus social. Las víctimas, provenientes de entornos vulnerables, buscan en las ciudades trabajo y refugio a cambio de salarios mínimos y condiciones precarias. Este fenómeno revela que la violencia doméstica no se limita a perpetradores desconocidos, sino que puede ocurrir dentro de hogares y por manos de personas conocidas, incluso amigos. La situación expone la vulnerabilidad de estas trabajadoras, quienes a menudo se ven obligadas a abandonar a sus familias en busca de mejores oportunidades. El caso de una niña de nueve años pone de manifiesto la gravedad de la situación y la necesidad de abordar este problema social. La falta de protección y la desigualdad social contribuyen a la persistencia de estos abusos.