Durante décadas, Estados Unidos apostó por la teoría de que el desarrollo económico chino conduciría a una mayor apertura política y a la adopción de valores occidentales. Esta estrategia se basaba en la creencia de que el crecimiento fomentaría la liberalización y la convergencia con los sistemas democráticos. Sin embargo, esta expectativa no se materializó, y China ha mantenido un modelo de desarrollo autoritario a pesar de su auge económico. Analistas señalan que Washington subestimó la capacidad del Partido Comunista Chino para mantener el control político y adaptarse a los cambios económicos. La persistencia de este modelo desafía la visión tradicional sobre la relación entre economía y política. Este error de cálculo estratégico ha tenido implicaciones significativas en la relación bilateral entre China y Estados Unidos.