Un antiguo proverbio chino reflexiona sobre la naturaleza de la atracción y el amor, desmitificando la idea de que la belleza física es la causa principal de la obsesión. La frase, “No es la belleza de una mujer lo que ciega al hombre, sino que el hombre se ciega a sí mismo”, sugiere que la idealización y el autoengaño juegan un papel fundamental en las relaciones. El texto original presenta esta sentencia como una advertencia sobre la tendencia humana a proyectar deseos y expectativas en otros. Se enfatiza que la "ceguera" no reside en el objeto de afecto, sino en la propia percepción del individuo. El proverbio invita a la introspección y a una evaluación realista de las relaciones interpersonales. En esencia, promueve la autoconciencia como antídoto contra la ilusión y la desilusión amorosa.