A principios del siglo XX, los budapestinos adinerados invertían fácilmente el equivalente a tres meses de su salario en unas vacaciones de verano. Disfrutaban de diversas actividades recreativas, desde baños en aguas termales y descanso en las montañas, hasta visitas a museos y consumo de cerveza económica. Algunos optaban por explorar las nuevas carreteras, mientras que otros se dedicaban a fotografiar palomas. Las mujeres, en particular, regresaban de sus viajes con artículos de moda como medias de nailon y esmalte de uñas. Este comportamiento refleja una creciente cultura del turismo y el ocio entre la clase alta de la ciudad. Las vacaciones se convirtieron en una parte importante de su estilo de vida.

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