El texto denuncia una tendencia preocupante dentro de la cultura política argentina: la negación de la ley como producto del debate democrático. En lugar de confrontar ideas, un sector considera las leyes como imposiciones enemigas, rechazando toda discusión racional. Este rechazo se manifiesta a través de la violencia simbólica, representada por el "lapidamiento" de la ley. Se sugiere una incapacidad para aceptar legislación proveniente de la oposición, priorizando la confrontación sobre la deliberación. Esta actitud socava los fundamentos del estado de derecho y dificulta la construcción de consensos. El autor advierte sobre la peligrosidad de esta postura y sus consecuencias para la gobernabilidad y la estabilidad democrática del país. Implica un ciclo de enfrentamiento en lugar de búsqueda de soluciones compartidas.

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