Los antiguos griegos atribuían a los animales inteligencia, razón y emociones, a pesar de prácticas como la caza y los sacrificios religiosos. La literatura y la filosofía griegas evidencian una concepción de los animales que los alejaba de la mera propiedad, considerándolos seres vivos interconectados con los humanos. Esta visión se basaba en la creencia de que compartían capacidades cognitivas y afectivas. Aunque existían diferencias en el estatus y uso de los animales, se les reconocía una dignidad inherente. Los textos clásicos sugieren un debate temprano sobre la relación entre humanos y otras especies, anticipando discusiones modernas sobre los derechos animales. Esta perspectiva influyó en su ética y en la forma en que interactuaban con el mundo natural.