Kramatorsk, Ucrania, vive bajo una tensión extrema donde hasta los sonidos cotidianos, como el de una motocicleta, evocan la amenaza de un dron. Esta realidad refleja el profundo impacto psicológico que la guerra tiene sobre los habitantes de la ciudad. La vida diaria se ha visto transformada por la constante preocupación y el miedo a los ataques. Los residentes están en un estado de alerta permanente, donde cualquier ruido puede ser interpretado como una señal de peligro inminente. La ciudad, objetivo del conflicto, se ha convertido en un símbolo de la resistencia ucraniana, pero también del sufrimiento civil. La normalidad se ha distorsionado, y la incertidumbre se ha instalado en el día a día de sus habitantes.